lunes, 13 de abril de 2020

«El crack»: cuando se sabe lo que se quiere

Vamos a hacer un ejercicio de imaginación: dos situaciones.

La primera es cuando una película nos llama la atención por cualquier motivo. Ya sea porque has leído una buena crítica, porque ese amigo del que te fías para estas cosas te la recomienda… lo que sea. El caso es que te interesa y lees la sinopsis: la idea es muy creativa, parece una propuesta llena de posibilidades y puede que hasta un peliculón en potencia, un clásico incluso. 

Después llegas al cine, la ves, y no pasa de mediocre. Ni siquiera es mala, solo te parece un gran desperdicio de tiempo y dinero. Muchos posibles desarrollos interesantes los pasa por alto y lo que intenta... pues no le sale demasiado bien.

Al acabar sólo piensas, si eres un poco cruel, «para esto ni lo intentes»; si eres más benévolo –o has pagado por verla–, «no está mal, pero podría haber sido mejor» sabiendo que por voluntad propia no la volverás a ver.

La otra situación es la situación de El crack. 


Si bien típica en su género, el cine negro, la sinopsis es interesante y resulta en una película excelente, a la altura de su director José Luis Garci. Esto lo logra no por su trama, sino porque, precisamente al contrario que antes, todo lo que intenta lo logra. Desde las escenas hasta los personajes, todos consiguen transmitir las sensaciones que se proponen. 

Un profesor que tuve, muy aficionado a las novelas negras y, en general, a todo el género negro, me decía que este era muy particular. El aficionado a estas obras no desea grandes reinvenciones ni revoluciones del género, sino que desean ver lo que han ido a ver: torturados policías o detectives privados que abandonan a su familia por resolver ese caso que los tiene obsesionados, que los tiene día y noche tras un criminal –en muchas ocasiones en contra de toda la sociedad que se esfuerza en premiar a los malos y machacar a los justos– aun a riesgo de perder a sus seres queridos, la cordura o la vida, porque los pobres diablos como ellos son la última frontera que contiene a la bestia humana. Personajes rotos pero seductores, siempre con defectos y siempre humanos. Amados y desamados. Armados y desarmados. 


Sin duda El crack pertenece a este género. Sabe lo que busca y cumple lo que promete, he ahí la clave de su excelencia. No cabe mejor definición. 

«Un tipo duro y solitario que trata de sobrevivir en una sociedad podrida gracias a un trabajo sucio.» 

No agota todos los tópicos evidentemente, solo los necesarios para sumergirte en la historia y transportarte a un Madrid de principios de los ochenta, que tiene un agradable regusto a Nueva York o Chicago de la mano del estoico detective privado y expolicía Germán Areta. 

La mezcla entre un imaginario puramente español con un crimen y una mafia sórdidas, que nunca esperaríamos en el barrio de Chamberí o en la Gran Vía, se hace impecablemente y con una naturalidad que pocas películas obtienen. Pese a lo que nos haya acostumbrado el mundo cinematográfico, el cine negro no se da sólo en las grandes metrópolis norteamericanas, a él se adaptan muy bien el mus, la picaresca navajera y la chulería hispana. 

Cabe también comentar cómo ha envejecido la película, al igual que la representación de esta del Madrid y de la España de la época.

Recuerdo una reseña escrita por alguien que sí vivió en Madrid durante los años en los que transcurre la película. Esta persona decía que el Madrid de El crack no se parecía al Madrid de los ochenta, sino al de finales de una Transición negra –por el lente del género negro– y muy de Garci. 

El escritor de esta presente crítica es mucho más joven que la película, por lo que no puede decir de primera mano si Madrid fue así o no. Es ese precisamente uno de los motivos que me hace pensar que esta película tiene tan buen envejecer. Nuestros padres nos han contado cosas de estos años, es cierto. Si se es curioso también se habrá leído, visto películas, documentales, etc. Pero esto solo logra un tipo de aproximación siempre distante, más la de un turista de libros que la de un genuino habitante. 

El resultado se parece al tipo de sensación que se puede tener con un western. El espectador conoce cosas de la época: sabe que más o menos vestían así, los lugares comunes del Oeste americano, también es consciente de que no estaban todo el día a tiros y con historias apasionantes, etc. No obstante, siempre hay algo que puedes saber que existe, pero nunca conocer completamente: esa lente de época. Esta está hecha de trasfondo social y de bagaje cultural de años de cine y literatura. Los que han vivido en esa época y lugar la reconocen al instante. 

Esta película provoca esa misma sensación para alguien que, por edad, no vivió ese Madrid. La historia, las situaciones, los personajes, la actuación de Alfredo Landa… prácticamente todo te sumerge en la trama y en esa España, tratada con un mimo que despierta a la nostalgia.

Puede que el Madrid real no fuera exactamente así, pero solo sé que no hay nada que te saque del cauce por el que nos conduce la cinta, de la sumersión en la trama y en la vida de esos personajes tan cercanos, tan lejanos. 

Me atrevo a decir que es una película que envejece bien. 

Habría muchas más cosas que comentar acerca de este excelente metraje, pero con esto creo haber levantados las ganas que quería y haber dado sustancia a mi recomendación de verla. Si esto le ha parecido interesante a alguien, espero igualmente que profundice en la obra de Garci. 

Feliz visionado.

Por Ángel Luis Campo Loranca 

martes, 24 de marzo de 2020

5 películas para sobrevivir al coronavirus


Me encuentro confinado en mi casa. Según indican todos los pronósticos, cada vez más gente de todo el globo me irá acompañando en esta situación. Pongámonos, pues, manos a la obra y desinfectante en las manos: aquí van cinco películas para pasar, lo más cómodo posible, este autoaislamiento.

Contagion (2011)

Contagion (Steven Soderbergh) es la película que te recuerda cada segundo lo que hay ahí fuera.


Con la presencia de estrellas como Matt Damon, Jude Law y Kate Winslet, Contagion narra la historia de un virus letal proveniente de Hong Kong. Allí, el murciélago equivocado entró en contacto con el cerdo equivocado y este fue a parar a la persona equivocada. De ahí en adelante los días pasan y cada segundo se hace contar.

Es cierto que cualquier parecido con la realidad es meramente accidental, pero no lo parece. Aunque es verdad que el mundo real no tiene a Matt Damon haciendo de Matt Damon, muchos hemos respirado la tensión de la pantalla en nuestras calles, en el transporte público, y hasta en el pensamiento.

En la China del filme se percibe el hartazgo de sus habitantes frente al racismo de Occidente. Los apedreamientos de poblaciones chinas en el norte de Italia y en Ucrania, hace tan solo unas semanas, demuestran que el hartazgo no es injustificado. Enfermedades como la peste negra, la viruela y muchas otras fueron atribuidas a un sarraceno e incivilizado Oriente, muy lejano de nosotros.

¿Un chino tosiendo? Su sufrimiento vale menos.

Si no es el tiempo de la comodidad, sí lo es el de la comunidad. Están, sin embargo, los que no terminan de entender esto.

Una suerte de cultura de la contracultura, menos reivindicativa que bloguera y apologética de la desobediencia per se, se permite diseminar peligrosísimas dudas en momentos clave. Los grupúsculos, si bien minoritarios, son coherentes y decididos. Destapando las sucias conexiones entre las organizaciones de protección de la salud y los billonarios negocios farmacéuticos, su discurso conecta con la más dura izquierda anticapitalista y con el negacionismo antivacunas. Sus palabras son casi tan nocivas como sus gérmenes.

Pero si el ser humano es una pila de mierda sobre otra, es también una pila de bellas hazañas, como decía Sábato.

El metraje reclama también la memoria de esos miles de héroes anónimos en bata que se enfrentaron a lo desconocido. 

Si nuestra generación carecía de grandes gestas, ahora sin duda las tiene. Un héroe en una selfie sigue siendo un héroe.


El murciélago equivocado.

El cerdo equivocado.

La persona equivocada.

¿La conclusión equivocada?

Si algo hemos aprendido de la historia es que las enfermedades son inevitables. Donde ahora vemos muestras, pacientes o focos, antes hubo viajes, amigos, calor humano y, no lo olvidemos, solamente personas.

Philadelphia (1993)

Para hablar de personas y no de enfermos, Jonathan Demme nos dejó Philadelphia.

Volviendo a poner los pies sobre la realidad, la cinta da voz a los afectados por la última gran pandemia que recuerda la humanidad: el VIH/SIDA.


Creo que no estaría de más recordar a Tom Hanks, quien interpreta aquí el papel protagonista, y que actualmente atraviesa un momento delicado al haber dado positivo en coronavirus.

Dicen por ahí, no obstante, que si pudo sobrevivir al sida, y a un naufragio, y pudo salvar al soldado Ryan en la Segunda Guerra Mundial y al teniente Dan en la Guerra de Vietnam, para él esto no va a ser más que una ligera gripe.

Tema tabú incluso en el momento de su estreno, la trama de Philadelphia se desarrolla en torno a un juicio realizado a un gran bufete por el presunto despido improcedente de uno de sus mejores abogados, al resultar este seropositivo.

A lo largo del proceso se descubrirá que el despido estuvo influenciado no solo por el prejuicio contra el sida, sino también contra la homosexualidad.


Si bien el coronavirus y el sida tienen muchas diferencias en cuanto a gravedad y sobre todo en cuanto a contagio, ambos comparten haber aparecido en un grupo muy determinado que luego sería señalado como culpable. Justamente, es la idea de la culpa la que inunda la mirada de los personajes en Philadelphia; a ella se opone el deseo de seguir viviendo.

A los judíos, que envenenaban los pozos para provocar pestes y destruir la Cristiandad, siguieron muchos siglos de prejuicios, hasta hoy.

Es cierto que no hay que olvidar los condones, pero si del sida solo se contagiaban los gays, hay que decir que un par de años después de la aparición oficial de la enfermedad, más de la mitad de los infectados no lo eran.


Recordaba Philadelphia mucho menos hollywoodiense: en esta cuarentena, me ha decepcionado.

Por suerte para la crítica, justo en los defectos de la película están las virtudes de su análisis.

En las calles de esa Philadelphia al ritmo de Bruce Springsteen, puede dar la impresión de que se cubre el tuétano de la cuestión sanitaria y económica del sida con un fárrago de ideología jurídica. Ese tribunal norteamericano, tan idealizado como el jurado de 12 hombres en pugna, debate al infinito sobre cuestiones de una justicia casi socrática para el hombre libre. La melancólica banda sonora de Howard Shore intenta esconder quién paga.

Pero este mito no habría tenido tanto éxito si no hubiera un poco de verdad en él.

La realidad es que, viéndolo a través de la historia, el sida fue una de las pruebas de hierro para el funcionamiento de un gran número de democracias liberales occidentales. En aquella pandemia se comprobó hasta qué punto los Estados del bienestar serían capaces de proveer a sus ciudadanos de sanidad universal y gratuita, además de garantizar su libertad.

Tras la tragedia del VIH la homofobia no dejó de caer en Occidente, hasta alcanzar mínimos históricos, y muchos países allanaron el camino al matrimonio igualitario; los drogadictos no eran ya sucios delincuentes, sino enfermos que precisaban ayuda; los programas de prevención y reducción de daños, que tantos debates filosóficos suscitaban, se volvieron una realidad.

De las crisis, y en esto incluyo a las pandemias, se sale con más o con menos derechos.

Si tras la peste negra, que barrió a casi la mitad de la población europea, el hombre comenzó a mirar al hombre antes que a Dios, es porque vio quién curaba mejor a los enfermos.


En estos momentos de excepcionalidad y “medidas de Estado”, hemos de recordar que el objetivo de todo político es que sus ideas trasciendan el debate. En cada una de esas medidas de alarma hay una victoria: tuya o de tu enemigo.

La guerra siempre continúa.

¿A qué mundo quieres salir cuando acabe la cuarentena?

Vayámonos de aquí.


28 Days Later… (2002)

Si lo que buscas es huir un poco del peso de la realidad y regocijarte en optimismo pensando que las cosas podrían ser mucho peor, la película para ti es 28 Days Later…, del aclamado Danny Boyle.


Cinta de culto ya entre los amantes del género zombi, narra el escenario post-apocalíptico de Londres veintiocho días después del agresivo brote de una mutación del virus de la rabia.

La típica de zombis, dirían algunos. Otros incluso se aventurarían a afirmar que todos los filmes de zombis son efectivamente típicos, pues apenas se diferencian entre sí.

Pero entre susto y susto, también hay que saber escuchar los latidos.

Los infectados, escupiendo bilis, persiguen a sus víctimas humanas para devorarlas. De ellos salen gritos de odio e ira; ahí está su humanidad. En sus ojos inyectados en sangre que recorren la nocturnidad de las calles londinenses, algunos nostálgicos, tal vez vetustos, creyeron leer los viejos relatos del submundo.

Nada más lejos de la realidad.

Ese Mr. Hyde con que Robert Louis Stevenson presentaba la maldad humana andante, ahora corría.


Los antiguos muertos vivientes o zombis lentos fueron reemplazados por los infectados o zombis rápidos. La tonalidad grisácea del blanco y negro de los lúgubres cementerios fue sustituida por un verde clínico en cuya pared gotea un esputo de sangre. Al filo de una rápida globalización, el vudú, las lápidas y las cruces fueron apuñaladas por el bisturí.

La película, estrenada en noviembre de 2002, compartió meses de cartelera con el primer brote de SARS, desde China para el mundo. Un año antes, tras los atentados del 11 de septiembre, comenzaba la Guerra contra el Terrorismo que desembocaría en masivas guerras subsidiarias, como la afgana o la iraquí.
El mundo de 28 Days Later es un mundo acomplejado, rodeado de ansiedades y fobias; uno que se percibe a sí mismo en una vertiginosa caída libre donde todo puede estallar en cualquier momento.

La angustia de la invasión zombi es similar a la de la caída de Lehman Brothers.

 

Los efectos de esta cosmovisión nihilista, donde el bien y el mal no explican nada y donde la especie humana se extingue por un simple virus como cualquier otra, destruyen a los personajes. Son incapaces de formar una comunidad social que se sostenga, ya que los deseos de los fuertes priman sobre los de los demás sin ningún escrúpulo, como en la misma cruda cadena de la que huyen.

Los crímenes de los supervivientes del holocausto zombi, precisamente por su naturaleza tan profundamente humana, horrorizan más que los crímenes de los infectados.

Pero para los que piensan que esta guerra no puede ser momento de ateísmos, y que arrepentirse tiene que servir para algo, también hay pelis.

Faust (1926)

 

Es por todos sabido que en tiempos de crisis y epidemias, los mitos ancestrales vuelven a la palestra para perseguir a los hombres. Regresan a acecharnos las diez plagas de Egipto del Antiguo Testamento, o el Apocalipsis; fuera de lo bíblico, está la antigua leyenda germánica de Fausto.

He de decir que leí el libro homónimo de Goethe hace bastantes años, y muy mal, por lo que no lo entendí. Me consuela convencerme de que si lo hubiera leído muy bien, seguramente tampoco lo habría entendido. Por suerte, la soberbia de la obra maestra cinematográfica que es el Fausto de Friedrich Wilhelm Murnau, estrenado en pleno expresionismo alemán, me es más cercana.

 

En ese terreno de combate entre el Bien y el Mal que es la existencia, Mefisto, propagador de guerras y miserias, apuesta con un arcángel de Dios sobre la fidelidad de Fausto. Este, hombre de Dios y de la cruz, se desvive día y noche entre libros y pócimas rogando a los cielos por encontrar la cura de la peste que asola a su pueblo. La intención mefistofélica no es la destrucción vírica de la humanidad, sino algo aún peor: la perversión de los hombres buenos.

El sufrimiento de los que se autoflagelan, de los que odian y señalan buscando culpables y traidores, sigue siendo impío a los ojos del Divino. Demasiada amargura en sus corazones.

Solamente la calidez del cariño y la piedad de los que, entre papiros, buscan el conocimiento por el bien de los demás, podrá salvar al pueblo de Dios en esta reminiscencia del libro de Job.


En estos tiempos de excepcionalidad, la mano de Mefistófeles tienta con hacer arrojar el crucifijo a la llama, encerrando así al corazón en el cuerpo. Sabe que en época de dificultad se mira a la muerte a la cara y la carne se arrastra hacia la salvación del uno mismo. La vida se repliega como basilisco, recordando los momentos del placer perdido.

He aquí cuando se confunden la pasión con la locura.

Fausto se da cuenta de que ni el brillo del oro ni el de la corona del Emperador podrán evitar que el fuego del éxtasis inicial empiece a quemar secamente desde dentro. Los suyos sufren y él se ha ido.

Entre la blanca mano delicada y la mano muerta de la amada está ese deseo descontrolado, libidinoso e ilegítimo que explica los demonios de las masacres, violaciones, allanamientos y defenestraciones de los momentos límite.

Solamente la palabra que con más eco retumba en la creación podrá ser la salvación: amor.


El virus no es el mal; el mal es el virus.

Shaun of the Dead (2004)

Pero bajemos un poco del cielo a la tierra, que me apetece reírme.

Para los que poco o nada tenemos que aportar a la situación, el humor es sin duda el enfoque más sano para esta cuarentena.


Shaun of the Dead (Edgar Wright) es una de esas pequeñas obras maestras de la comedia que nadie conoce. Combinando, como nunca antes se había hecho, el género zombi y la clásica romantic comedy, el resultado es una película fresca, talentosa y, sobre todo, desternillante.

Proveniente de las tierras de Shakespeare, algo de su espíritu permanece: ese humor inglés, tan brillante como eterno, no se saltaría la hora del té ni aunque se abran los suelos.

A la carne putrefacta del terror histórico de George A. Romero o John Carpenter, se unen unos diálogos dignos de los Monty Python. El guion, con la perfección de una cábala, es todo un sistema de chistes sin terminar que esperan a completarse después para así picar aún más.

Todo un eterno retorno del ingenio. No en vano la palabra inglesa wit abarca desde la inteligencia hasta la corrosión, pasando por la belleza.

 

Mi cariño por esta cinta es tal, que si normalmente acostumbro a pausar por escenas los filmes sobre los que escribo, para tomar apuntes, con este me ha sido imposible. El descojone es tan dinámico y generalizado que el diafragma, una vez dilatado, te pide seguir y seguir.

Mi decantación por recomendarla, a riesgo de repetirme en el cine de muertos vivientes, es porque pone frente al espejo lo mejor del género cómico y del terrorífico.


Si es el momento del confinamiento y el pánico, es también el momento de escuchar Ghost Town de The Specials o Panic de The Smiths, así como de emborracharse bien a la luz de la oscuridad.

jueves, 13 de febrero de 2020

«1917»: vivir la muerte

Basta ya de decir que no te gustan los Oscar.

Sí, en el año 2020 aún se es libre de ejercer como cinéfilo pedante. No obstante, es un hecho que sin los premios de la Academia sería inexplicable la cantidad de buen cine a nivel comercial que nos brindan los meses del invierno.

Aún así, no dejaríamos de equivocarnos si metiésemos en ese amplio saco a 1917 (Sam Mendes, 2019). Mucho más allá de una mera intersección casual entre una película buena y una taquillera, estamos ante una cinta paradigmática del cine bélico.

El film narra algo tan sencillo como dos soldados del ejército británico haciendo todo lo posible para cumplir una orden encomendada por sus superiores. Confiados con valiosa información sobre las líneas de frente alemanas, habrán de difundirla hasta otra unidad en estado de incomunicación y conflicto total en la Francia de la Primera Guerra Mundial. Para ello, se verán obligados a pasar por las penurias de la artillería, el hambre, las ratas, y sobre todo de la sangre.

¿Superproducción? Sí.

1917 - Edgar Pozo
Cada una de las trincheras recreadas, de las aldeas y pueblos destruidos, de los alambres de espino, y un largo etcétera, nos recuerdan la cómoda situación económica que disfrutó la realización del metraje.

A nadie le sorprenderá que Sam Mendes tenga dinero, espero. Con una filmografía que acoge títulos como American Beauty, Road to Perdition o Jarhead, yo diría que está más que bien merecido.

Lo que sí puede resultarle una sorpresa a más de uno es que ese dinero y ese talento se utilicen para el bien. Pero, ¿qué significa esto?

Está claro que volviendo sobre las líneas del argumento, este filme no se diferencia en nada de cualquier otro del género bélico. Pero en este caso lo importante no es el “qué”, sino el “cómo”, que se transforma a su vez en un “qué” de manera propia.

No lo mencioné antes, pero la película es una one-shot.

Una toma.

Un disparo.

Hay quien no le da a esto la importancia que tiene. Sin embargo, el hecho de que en un solo plano se condensen todos los sufrimientos de la línea Hindenburg dota a lo que vemos de un estoicismo que hiela el alma a los serenos

1917 - Edgar Pozo
La pantalla apela a los comedidos, a los sobrios. Sin duda llega antes al veterano de guerra lisiado que al estudiante de Historia.

¿Pero cómo? ¿Y en 1917?

Sí. Efectivamente una fecha decisiva.

El año 1917 marca la primera intervención de los Estados Unidos de América en un conflicto europeo a gran escala, iniciando así una nueva relación histórica entre ambos continentes. En él tiene lugar, además, la revolución que llevaría al establecimiento del primer país comunista del planeta. Algunos llegan a situar en esta fecha el fin de un largo siglo XIX, que habría comenzado con la Revolución francesa, comenzando aquí el verdadero siglo XX.

1917 - Edgar Pozo
Lenin hablaba de siglos que duran días y de días que duran siglos, ¡pero eso es así solo cuando se camina de espaldas!

¡Masturbaciones mentales de aquellos que en sus frías sillas de liceo, en medio de la paz, bucean los libros, esperando ver una película donde peleen juguetitos que ellos entiendan!

¿Lenta, aburrida e intrascendente?

Sí, ¡si no te vale la vida del hombre!

Sí, si buscas el espectáculo de lo argumental antes que la experiencia, pues está bastante claro que gozamos de una película que se caga en eso de que “en el cine durante dos horas los problemas son de otro”.

Con el one-shot, Sam Mendes aprovecha para realizar un tratado sobre la verdadera naturaleza del tiempo, no solo del soldado, sino del protagonista de la historia. Con todo, a veces se nos olvida que este último no es más que el protagonista de su propia vida.

Para hacer esto desoye a los cantores imperantes, llevados a la idolatría de maestros.

Rechaza la poesía de esos intensos planos kubrickianos de fusilados y fusileros en ese manifiesto que es Senderos de gloria, al igual que el jolgorio de Full Metal Jacket con la canción Surfin’ Bird. Prefiere, igualmente, arrancarse los tímpanos antes que escuchar al Wagner con que Coppola ametralla a más y más vietnamitas en Apocalypse Now.

Atiende más bien a los consejos de Aristóteles y los antiguos.

1917 - Edgar Pozo
Se conciencia de que solamente a través del uso de las unidades clásicas, el cine, cristalino arte de los reflejos, podrá ser fiel a la verdad.

La limpia hoja de la cámara deberá cortar, y no contar, los hechos.

La vida, la existencia, la historia —llámalo como quieras—, es una ininterrumpida toma desde diferentes objetivos. En ella, el tiempo es un continuo al igual que lugar. El camino, ese constante estar ahí donde ocurren las cosas.

Con esta firmeza en lo real, Mendes consigue una de las obras bélicas más pulcras y neutras del séptimo arte, equidistante tanto de panfletos pacifistas como de idealizaciones chovinistas.

1917 - Edgar Pozo
La total identificación del metraje con una orden militar venida desde muy arriba hace de la misión la razón de ser de las acciones de los personajes. Esa obediencia ciega en la disciplina castrense evoca en última instancia a prolongar el statu quo de las hostilidades y las injusticias.

En la película no encontraremos receta alguna para evitar su repetición.

De poco sirve revivir para morir.

miércoles, 15 de enero de 2020

Cine nazi para la nueva década

¡Rompe Wagner!

¿Pero qué se rompe exactamente?

¿No habíamos llegado acaso al fin de la historia?

¿No había sentido Occidente en sus mejillas la calidez de la brisa divina durante esa gélida noche de noviembre en que cayó el muro de Berlín?

El romanticismo duró lo que duró. Si bien la luna de miel se mostró intensa y divertida, el idilio fue más bien breve. El consenso capitalista de base socialdemócrata falló en convertir 1989 en un 476 d. C.

Si tras la caída de Roma gran parte de la humanidad encontró en el cristianismo la razón para dormir plácidamente por mil años, ahora no había dado tiempo ni para taparse.

Sin duda, no habíamos rezado lo suficiente al Dios de la democracia liberal. Nuestra relación había sido más la de un matrimonio de conveniencia, movido por el deseo de las posesiones materiales. En cuanto nos dejó de dar un poquito inmediatamente le dimos la espalda.

Pero algo más tuvo que haberse ennegrecido en el camino para que, de manera tan inequívoca, hayamos ido a la búsqueda de otros ídolos.


En El triunfo de la voluntad (Leni Riefenstahl, 1935) vemos un despliegue militar, pero también moral, psíquico y carnal del nuevo poder instaurado en Alemania. En el documental, que narra con brillantez el transcurso del sexto congreso del partido nazi, la juventud entierra a la vejez en el ataúd con los propios clavos de esta última.

La sola lectura del título de la cinta crea una musicalidad autónoma tanto en español como en el alemán original. Al igual que en el metraje mismo, el retumbo de los tambores castrenses hace tambalearse en lo más profundo del pensamiento la idea de armonía y serenidad en sociedad.

Es este mefistofélico estruendo del pueblo al unísono, hipnotizado, el que trae la fe de otro tiempo. Es esa llama del alma que empuja al cuerpo, y no al revés, la que acerca esta nueva década, más que la anterior, a lo peor de los infiernos.

Pero tal vez solo acercándonos a lo más profundo podemos llegar arriba.

En las proféticas imágenes de Riefenstahl vemos a un Hitler de frente, de espaldas, de perfil, picado, contrapicado, de día, de noche, pero ante él siempre el pueblo. Un individuo en el que convergían tantas escuelas, tantos pensamientos, tantos seres y seres en potencia, al igual que tantas líneas de pentagrama. Un individuo que apelaba a una historia que no era milenaria.

He aquí donde radica la excepcionalidad del extraño caso alemán.

Mientras que el fascismo italiano y el franquismo apelaron durante su existencia a las viejas y extintas glorias del imperio romano y del imperio español respectivamente, los germanos no podían hacer eso.

Alemania, paria durante siglos, naciente entre guerras de religión fraticidas, solo había tenido una historia de fracasos. A la formación de un imperio unificado se contrapuso la humillación por la culpa de una Guerra Mundial que no comenzaron ellos.

Pero tenían un as bajo la manga que pocos vieron venir: estos ya habían asesinado a Dios.
El pueblo que en su día naciese cristiano en el siglo XVI, renacía anticristiano. Estaba dispuesto a conquistar su ahora, sabedor de que la naturaleza podía ser transformada a través de la indómita fuerza de la voluntad.

Lo que permitió a Hitler arriar las viejas banderas de la monarquía de los káisers, e izar la rojinegra esvástica de origen budista como el símbolo de identidad alemán, fue precisamente eso que lo diferenciaba de Mussolini y de Franco.

Para el Führer, la toma del poder era una lucha constante por el presente. La humanidad que exaltaban los poros del nazismo era la de su conciencia de la contingencia de las cosas. Nada está escrito y podríamos no estar aquí; sin embargo, con nuestra confianza en nosotros mismos y en nuestro ideal haremos que todo nos pertenezca. Transformaremos y domaremos la realidad, porque entre ser y no ser, elegimos la fuerza del poder.


¡Ser es poder ser!

¿Se escucha la línea que une a la obertura de Los maestros cantores de Núremberg, de Wagner, con los congresos de Núremberg de Hitler? ¿Se entiende ahora la verdadera línea moral que une a los viejos teutones con el ambulante paso de las Juventudes Hitlerianas?

Jamás se hizo el amor en Alemania como en aquellos años de cuero y camisas pardas marchando por el Reich.

“Sí, soy el general von Schleicher”, dijo el antiguo general veterano de la Primera Guerra Mundial, exministro y excanciller alemán, Kurt von Schleicher, al ser llamado a la puerta de su domicilio durante la madrugada. A esta afirmación siguieron dos disparos de un joven miembro de las SS.
Tras la purga de la noche de los cuchillos largos, se evidenció que el nuevo orden no entendía de viejas glorias.

Un erotismo similar encontramos en la muerte de lo viejo actualmente.

Boris Johnson, tras la abrumadora victoria conservadora en las últimas elecciones, se dirigió a los presentes en la rueda de prensa subsiguiente.

“¿Qué vamos a hacer ahora?”.

El suelo comenzó a temblar.

La multitud atronó:

“¡¡¡Brexit!!!”.

Ese sentimiento mágico se manifestaba. El ser humano, animal simbólico, necesita disfrutar de su contingencia de vez en cuando; necesita saber que eso que lleva décadas haciendo, si quiere, podría dejar de hacerlo.

Esa mano liberadora y empoderante se ve cortando el nudo gordiano del elitista consenso post-1945 con las tijeras de la voluntad. A través de la alt-right, una gran parte de pueblos europeos ha vuelto a percibirse a sí mismos como amos de su destino de una manera que recuerda al triunfo de la voluntad nazi sobre el consenso post-Versalles. No importa que todo esto sea mentira, que lo es.

Sin duda, quizá no el nazismo, pero sí las formas nazis, son sexis. A su erotismo no puede hacerle frente la izquierda que vuelve en Uber y ordena en Just Eat, simbionte del sistema.

Un viejo barbudo de orígenes judíos aristocráticos se emborrachaba durante el día. Apestando a alcohol, leía horas y horas a la luz de las velas en el British Museum sobre cómo Darwin había descubierto las leyes científicas que regían a los animales. Intentando emularle, escribió sobre las leyes materiales de la historia que habrían de mover crematísticamente al ser humano hacia un futuro comunista. Al volver a casa traía poco de comer a su familia y solo subsistía gracias a la paguita de un amigo de la clase social que él aborrecía en la teoría.

Un sifilítico bigotudo recitaba cosquilleante en la soledad de su miseria óperas de Tchaikovsky de memoria. En su exaltación vital, abandonó a todos los amigos que alguna vez tuvo hasta quedarse solo, sabiéndose superior.

La izquierda, perdedora kilométrica de la batalla por el hegemón, vuelve a quedarse marginada tras las experiencias fallidas de la Venezuela de Maduro y la Grecia de Tsipras. La hipocresía de los movimientos populares y la falsedad de los lideratos colectivos es ya conocimiento axiomático.

En sus pantomimas ante el Bolshói, Stalin solía aplaudirse a sí mismo ante la euforia general. Él era solo una mera herramienta del pueblo a las órdenes de los dictados de la Historia. Un héroe trágico.

Hitler, sin embargo, solía colocar el brazo hacia atrás recibiendo así el saludo romano de sus correligionarios. Él era diferente del pueblo, pues era quien tomaba las decisiones que arrastraban todo el peso de la contingencia humana. Asumía el yunque de la levedad del Ser por todos. Un héroe wagneriano.

Pero las tragedias griegas siempre fueron ciegas y el pueblo quiere a su líder.

Frente a la promiscuidad de una cierta izquierda que no llega al baño al ver una roja bandera de la hoz y del martillo, hay solitarios que saben que el debate es otro.

En un despacho de Ciencias Políticas, un profesor está follando. Las suaves bragas llegan al suelo y él calcula la posición sobre la mesa que haga menos ruido.

Ante unos límpidos y virginales labios se encuentra una barba a medio rasurar.

Ante un afrodisiaco perfume, el hedor podrido del café y de la trasnoche.

Ante la rectitud de la carne, la flacidez de la duda.

Ante la pasión, los manuales.

Una pequeña capa de mugre se encontraba por encima de todas las cosas. Llevaba un tiempo sin venir nadie a limpiar.

La cabeza del intelectual sin duda estaba más en otra parte.

El polvo fue una mierda.

Ante las venéreas fuerzas de la voluntad de cortar, romper y dominar, ¿cuál será la viagra de la izquierda?

martes, 24 de diciembre de 2019

«Parasite»: avanzar hacia atrás

Sería reconfortante pensar que Parasite (Bong Joon-ho, 2019) nos ha caído del cielo como el diagnóstico definitivo de un enfermo terminal. Pero por mucho que esta visión aliviase temporalmente el malestar, no dejaría de ser mentira.

La enfermedad se fue fraguando con lentitud, alevosía y comodidad en todos nosotros.
La fecha del estreno y posterior distribución global arrojan luz sobre el muerto.

En el trigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín, la unanimidad con que la cinta fue condecorada con la Palma de Oro en Cannes coincide con la que los analistas prevén una nueva recesión en los mercados occidentales.

Parasite - Edgar Pozo
La película cuenta los malabares que realiza una familia surcoreana con dificultades para llegar a fin de mes en el siglo XXI. Después de que el miembro más joven de la familia sea contratado como profesor de inglés de la niña de una familia rica, todo cambiará. A través de engaños y triquiñuelas, la familia pobre conseguirá ir siendo contratada miembro a miembro para diferentes trabajos en la casa adinerada, sustituyendo a todo el personal anterior. Sin embargo, no serán los únicos en intentar esto.

Leyendo estas líneas de sinopsis, la trama se nos presenta en sencillez y comicidad. Pero hay también un cierto rebrillo de familiaridad si nos atrevemos a mirar dos veces. La clásica comedia de tragedias entre ricos y pobres, arropada en las disfuncionalidades folclóricas del pueblo en cuestión.

1) Una cucharada sopera de neorrealismo italiano.

2) Sofreír en la sartén algo de teatro español de posguerra durante un rato.

3) Dejar en remojo un poco de comedia soviética, recomendable que sea anterior al realismo socialista.

4) Un poquito de Bertolt Brecht, así que te quede amargo.

5) No te vayas a pasar con la obra social de Titón.

6) Incluso, si hay a mano, dar un toque de realismo ruso. Sí, sí, de ese donde la carca nobleza del imperio zarista hablaba francés para diferenciarse del vulgo que hablaba… ruso.

7) Cocer todo ello finalmente en la cazuela del pensamiento ilustrado francés, et voilà.

¡Ese es el plato que cocina la criada para la eterna reminiscencia estomacal de la burguesía inútil!

Resulta un poco extraña esta gastronomía. Aunque ordinarios, sus ingredientes no dejan de tener un gusto a quemado. Como si alguien hubiera guisado tanto con ellos, que hubieran perdido su caché.

Parasite nos devuelve a la palestra sujetos como “ricos” y “pobres”, o incluso “burguesía” y “clase obrera”, que creíamos enterrados ya y para siempre en los grandes relatos.

Parasite - Edgar Pozo
No obstante, algo de sepulturero sí que tiene el metraje. En este, queda patente lo soterrado ya del consenso social de 1945.

Una nueva clase social nunca antes vista, la clase media, iba a acabar con la dicotomía de pobreza y riqueza, que el capitalismo traía de nacimiento. Se iban a crear así sociedades no solo más justas e igualitarias, sino también más prósperas.

Pues bien, todo esto era mentira.

Derribado el muro de Berlín y muerto el comunismo en 1989, se difuminaba también el horizonte emancipador en la historia del hombre. La linealidad con la que este, en teoría, avanzaba hacia el “progreso humano total” desde la Revolución francesa, se había detenido. La percepción de un “destino de la humanidad” desaparecía.

Esto es lo que hay.

Pero la realidad es que no solo no se había terminado la historia, ni tampoco se había detenido, sino que una misteriosa tuerca comenzaba a girar en la dirección contraria. La historia seguía avanzando, pero hacia atrás. Los años corrían, pero la percepción de los mismos era la de épocas anteriores.

El nuevo rico se aprovecha del nuevo pobre, que es él y su móvil.

Parasite - Edgar Pozo
Inyectado el serpentino veneno de la red, una nueva conciencia general surge. En esta, la rapidez y la fugacidad se colocan como elementos fundacionales de las cosas y el desarraigo se arraiga. Perdiéndose un vínculo duradero con todo lo terrenal, se abre la caja de Pandora de la mercantilización de todos los aspectos posibles de la vida, de materia a espíritu.

Los viejos odios individuales y sociales, que se pensaban superados, vuelven a surgir. Pese a hacerlo de manera distinta, los esclavos vuelven a pelearse por ser los favoritos de su negrero.

Casas ostentosas, coches de lujo, sonrisas falsas, profesores particulares innecesarios y ridículos, arte deforme e irrisorio, choferes y mujeres, siempre mujeres, que preparan la comida a unas suaves manos de príncipe que nunca han tocado un plato: solo los cubiertos.

Si al inicio de esta emocionante década nos encontrábamos en tiempos de República de Weimar, con una clase media estremecida por la crisis financiera e intentando contestarle en la calle, ahora, casi a su término, hemos avanzado hasta retroceder a 1914, donde los auges de los nacionalismos a nivel global y sus guerras comerciales nos recuerdan a los viejos imperialismos coloniales europeos del siglo XIX.

La razón de por qué los ingredientes de la cocina de Parasite parecen los de la abuela es… ¡porque realmente son los de la abuela!

La película es toda ella un déjà vu de cosas que la humanidad está viviendo por segunda vez.
Hincado ya el dedo en la llaga, esperemos a que caigan unas cuantas gotas de sangre para seguir narrando.

Parasite - Edgar Pozo
¿Quiénes son los verdaderos parásitos? ¿Quién vive de quién y del trabajo de quién? ¿Quién es la causa y quién el efecto?

Pero paremos un poco.

En verdad: ¿cómo culpar a los ricos?

Tras cada destello de belleza visual que desprenden sus mansiones, sus vidas, y también los planos de Parasite, se nos presenta una horrible contradicción introspectiva, que es interclasista.

Por cuanto más claro es el ingenio y la agudeza del esfuerzo intelectual y físico del pobre para cumplir con su trabajo, tanto más oscura es la vil simiente de su obligación de trabajar.
Si el trabajo humaniza, el porqué del trabajo deshumaniza.

Cuando Cervantes escribió el Quijote, el embajador francés envió una carta al rey de España, Felipe III. En la misiva, el diplomático alababa las penurias y miserias cotidianas que sufría el pueblo español bajo la monarquía, y aupaba a que la situación no cambiase jamás. La necesidad habría de seguir dando lugar a semejante ingenio y a tan magnas obras.

“Ser pobre es la mejor manera de ser humano”, ¡se dice cuando no se es pobre o cuando no se es humano!

Si no es juntos, no será más que un sueño.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Érase una vez en Tarantino

Once Upon a Time in Hollywood (Quentin Tarantino, 2019) es una de esas películas que albergan tras de sí una mente de pecado. Como un molesto zumbido de mosquito o una punzante jaqueca, algo se cuece en lo más íntimo de su realizador.

Retrotrayéndonos al Hollywood de hace 50 años, Tarantino viene en realidad a hablarnos del Hollywood de hoy y de mañana.

La historia gira alrededor de Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), un exitoso actor televisivo, y su doble Cliff Booth (Brad Pitt). Dalton, activo principalmente en series de acción y westerns durante las décadas de 1950 y 1960, decide dar el salto a la gran pantalla. Pero tras varios filmes similares en los que siempre interpreta al héroe que carga contra villanos en la máxima otredad, el público comienza a demandar algo distinto. Su carrera se asoma a las profundidades del abismo. En un momento de transformaciones clave en la historia de los Estados Unidos, Rick, al igual que toda la industria de Hollywood, han de afrontar el reto: renovarse o morir.

No se engañe el lector a la hora de pararse a pensar en la naturaleza cíclica del destino o en las circularidades de la historia. La fidelidad con la que 1969 retrata a 2019, más que la de una circunferencia perfectamente trazada, es la de un espejo.


Leonardo DiCaprio y Brad Pitt

Especialmente reflectante es la huella personal que deja Tarantino a lo largo de toda la cinta. Detrás de los diálogos de los personajes se encuentran los desasosiegos que atormentan a su creador. En la retaguardia de la luz que ilumina a sus miradas podemos alcanzar a ver las inseguridades que inundan el guion.

Tarantino duda.

Fue una estrella.

Fue un hit.

El joven Quentin se catapultó a la fama de manera meteórica. Prácticamente nadie se dio cuenta de cómo había ocurrido.

Reservoir Dogs a la una. Pulp Fiction a las dos. ¡Zas! Oscar al mejor guion original a las tres. Treinta años y ya era ese Mick Jagger que nunca había tenido el cine.

Tony Scott, Oliver Stone, Harvey Keitel y demás pesos pesados se morían por trabajar con él. Sus guiones se vendían como churros. La fiebre “tarantinil” era tan intensa que la Miramax enloqueció y le otorgó el Santo Grial del director de cine: el control absoluto sobre el corte final de sus películas.


Quentin Tarantino

Era la entrada de una nueva generación a Hollywood. Esta había recogido los frutos caídos de la anterior.

Los padres fílmicos del joven Taran eran claros. Se había criado viendo las películas de acción de Burt Reynolds. Le obsesionaban enfermizamente los spaghetti western de Sergio Leone. Frecuentaba, además, locales de cine porno.

Era el hijo pródigo de la hegemonía social de liberación sexual y contracultural que había surgido después del movimiento hippie en EEUU.

Tarantino creció para ser de aquellos que en un anuncio de una mujer escotada, sosteniendo una chorreante jarra de cerveza, vería un símbolo de liberación del espíritu humano frente a las oscuras garras de la censura.

Pero el luminoso aura del violento anti-establishment que lo acompañaba se fue apagando. Con el tiempo sus fans empezaron a entender que a través de un sentimiento de rebeldía anti-Hollywood, se había acabado integrando en este como ningún otro.

Comenzó a vivir de las rentas, a alimentarse de la leyenda de lo que una vez fue. Se dejó barriga.
Le perdonamos películas como Death Proof o The Hateful Eight sin saber muy bien por qué. Supongo que porque es Tarantino.

Aprendimos que íbamos al cine a ver una película normal, ya como cualquier otra, pero que como era de Tarantino tendría mucha violencia explícita y eso siempre es entretenido. El graciosete este seguro cogería un evento histórico y le daría un toque suyo, como que a Hitler le reviente la cara a balazos un soldado judío-americano de una brigada especial cazanazis.


Quentin Tarantino

En el fondo nos reímos y la pasamos muy bien. Mentiría si dijera lo contrario. Pero el hechizo llevaba ya mucho tiempo roto.

Ya no era la estrella de rock, ni el director rompedor al que todos llamaban. Pero aún se mantenía a flote. Todavía su apellido movía a alguien.

Esto estaba a punto de cambiar.

Una nueva ola estaba por hacer temblar los cimientos y las conciencias de Hollywood.

El movimiento MeToo arrasó con una clase intelectual y sociológica que se venía gestando desde la década de 1970. Esta intelectualidad, que se había puesto del lado de Polanski y Clinton en sus casos de abusos y que alababa la meyeriana cultura del sexploitation como un acto de libre conciencia, había sido empujada a un terreno moral distinto para que el que no estaba preparada.

El germen de todo esto, las centenares de denuncias por acoso sexual a Harvey Weinstein, salpicaba directamente a Tarantino, puesto que Weinstein había sido su productor durante décadas. Entre las damnificadas estaban la antigua estrella del director, Uma Thurman, al igual que su expareja, Mira Sorvino.

Tarantino fue acusado de silencio cómplice y él mismo reconoció haber podido hacer más para evitar unas conductas que acabaron por evidenciarse habituales en un Hollywood maldito.


Quentin Tarantino

Se disculpa, pero ya es tarde.

La mujer en tetas del anuncio de cerveza había dejado de ser un acto de rebeldía contra el código Hays y se convertía en el viejo acto de opresión de ser mirada a los pechos antes que como a una igual.

Los puentes de Tarantino con su público se habían roto, especialmente con los más jóvenes.

El mundo en el que los fans de Michael Jackson reclamaban la inocencia del acusado a las afueras del juzgado había quedado definitivamente atrás.

Pero el tormento de una mente de pecado no significa, ¡ay!, ser un pecador.

Lejos de un sentimiento de redención, Tarantino intenta en Once Upon a Time in Hollywood, más bien, explicar lo que ha sido de él.

En un acto de simbiosis, como el que hiciera Fellini con Mastroianni en Otto e mezzo, el realizador se funde con DiCaprio en el personaje de Rick Dalton y a partir de ahí duda.

Confiesa que desconoce ya cuál es su público. Nos hace saber que está al tanto de que está muy lejos de ser lo que era. Admite que ya no sabe qué es el cine para él. Pero también exclama: “¡Me da igual! ¡Yo he vivido mi vida!”.

El grito de Tarantino es en favor de la existencia y en él no hay cabida para el arrepentimiento. Sabe que sus padres no fueron perfectos y ni siquiera los mejores, pero jamás podrá dejar de ser su hijo.

Tal vez nos mienta, pero en la película vemos a una vieja estrella intentando estar en paz consigo misma a medida que se acercan los años del ocaso. Tenemos ante nosotros a alguien consciente de que su tiempo ha pasado y que lo asume con deportividad.

La vetusta masculinidad caduca se resquebraja. El malestar en la cultura se hace inequívoco y Tarantino obviamente se sabe más en el pasado que en el futuro.

Una juventud, o incluso una feminidad, vendrá y será constructiva. Tendrá obras ante las cuales poderse sentir orgullosas e intentarán, ya sea un poco, comprender de buena fe lo positivo que intentaron hacer aquellos que las precedieron. Entenderán la impotencia y la tristeza del que se va para no volver a ser nunca su mejor yo.


Leonardo DiCaprio

No obstante, hay también un cierto aire de presunción con respecto a la experiencia que le han dado sus años para llevarle a donde finalmente está. Se considera privilegiado por poder disfrutar con la conciencia tranquila finalmente de los placeres más inmediatos y banales de la vida. La guadaña ya no dista tanto como antes.

En esa madurez de hombre cincuentón con barriga en el sofá viendo la televisión parece encontrar el verdadero sentido de la autenticidad. Aceptando quién es, puede por fin alejarse del ascético vértigo de la juventud y de su hipocresía a la hora de analizar el mundo y a la gente sin predicar con el ejemplo.

Le gustan sus comidas de mierda, la dulzura de la propiedad privada y del amor privado y, sobre todo, que no lo jodan.

“La televisión americana es mucho mejor que esas metatrancas polacas, sobre todo con un porro en mano”, puede decir sin culpa.

Es en esa comodidad de su casa donde descubre que solamente para los jóvenes la sangre puede ser un amargo vino y la carne una insípida hostia.

Me decía un muy estimado amigo en una borrachera que “la justicia es un delirio de la materia”. No sé si pretendía tener o no razón, pero lo que está claro es que a medida que la tensión de la carne se relaja hasta hacer a esta flácida, se relajan también las exigencias que hace el sujeto al objeto.

En una cálida tarde de agosto sobre el ligero y apenas perceptible vello de unas liberadas sílfides sopla la brisa de un septiembre anunciado, pero aún distante. Las suavidades se vuelven porosas.

Sorprendente es como esa tensión de la piel en el roce, esos labios mordisqueados y esa mirada de deseo pueden esconder en sí el germen del polvo de los sepulcros de una eternidad de vacíos y resentimientos condensados en un grano púbero.

Menos sorprendente es ya que la inmortalidad de la luz de invierno en verano resulte de la tensión de unas ganas de follar.

Es sabido que las profundidades del abismo miran en ambas direcciones.