viernes, 11 de septiembre de 2020

«The Hater» (2020): ¿grieta en Netflix?




Era 13 de enero de 2019.

Paweł Adamowicz, alcalde liberal de Gdańsk (la antigua Danzig), acudía a un acto caritativo destinado al recaudamiento de fondos para hospitales infantiles.

Adamowicz ya era para aquel entonces una figura clave de la oposición europeísta a los gobiernos derechistas de Polonia. Su perfil centrista y moderado, al igual que su sensibilidad en asuntos de minorías, refugiados y LGBT, suscitaba agrios odios entre los círculos más nacionalistas.

 

 Paweł Bogdan Adamowicz. Foto: Cortesía del autor

En el momento en que se dirigía a hablar en el escenario fue brutalmente apuñalado por un encapuchado. Las fatales heridas infligidas contra su corazón, lo llevarían a fallecer en el hospital al día siguiente.

El asesino, Stefan Wilmont, fue desvelado como un joven expresidiario, diagnosticado con una severa esquizofrenia y con especial actividad en foros de Internet de la ya no tan joven alt-right.

 

 
 Funeral de Paweł Adamowicz. Foto: Cortesía del autor

A la muerte del político, las muestras de repulsa por el atentado no se hicieron esperar. La condena retumbó unánime desde Rusia hasta el Parlamento Europeo, pasando por el mismísimo pontífice. En la propia Polonia, media ciudadanía se echó a las calles en multitudinarias manifestaciones contra la intolerancia política y el extremismo.

Pero no todos alzaron su voz al cielo. Algunos ojos dejaban entrever en sus pupilas un traumático silencio de culpabilidad. Albergaban un secreto muy grande dentro de ellos.

Tan solo tres semanas antes del siniestro, Jan Komasa terminaba el rodaje de su última película: The Hater. Sin embargo, los paralelismos entre la sinopsis del film y los acontecimientos políticos que se fueron sucediendo en Polonia llegaron a ser tantos que obligaron al director a guardar su obra bajo llave, a la espera de un clima menos efervescente.

Este nunca llegaría.

Aun así, tenía derecho a guardar silencio, porque, después de todo, ¿quién demonios es Jan Komasa?

Este prometedor director, del que sin duda seguiremos hablando en el futuro, se dio a conocer en 2011 con su brillante cinta Suicide Room.

Para entonces Polonia, al igual que el resto de Europa, comenzaba a experimentar los dramáticos efectos de la crisis económica de 2008. Esta mostraba la peor cara del capitalismo a un país que venía de un difícil contexto poscomunista.


 
 Fotograma de Suicide Room. Foto: Cortesía del autor

Interesado por retratar el sufrimiento de la década del 2010, Komasa fue escalando en su filmografía. Desde el inicio de esta, su leitmotiv ha consistido en presentar cómo las indómitas fuerzas de la negatividad pueden llevar al hundimiento a una persona insegura.

Así, mientras todos estábamos babeando con Parásitos, pocos se dieron cuenta de que se nos había colado el largometraje Corpus Christi (Jan Komasa, 2019) entre las finalistas de los Oscars a mejor película extranjera. En ella se vaticina una liberación final de todas las fuerzas del mal.

No obstante, lo que verdaderamente convierte a Komasa en un director de nuestra época, es su capacidad de conectar esas cataratas de un odio lento y tóxico con el mundo tecnológico y el aislacionismo virtual.

 

 
 
De esta forma, sin poder contener más la respiración, The Hater terminó siendo estrenada el 6 de marzo de este año. Pero en un ejercicio de hermosa a la vez que trágica ironía, todos los cines de Polonia serían cerrados menos de una semana después a causa del COVID-19. La distribución del filme quedaba ahora en manos de la red, en manos de Netflix.

No sabían dónde se estaban metiendo.

En sus siempre pigmentados fotogramas, cálidos y fríos, fríos y cálidos, Komasa nos enseña que no se odia de la misma manera en 2011 que en 2020.
 
 

Partiendo de Suicide Room –película con la cual The Hater posee claras similitudes y de la que es prácticamente un spin off–, el odio en un mundo que se percibe a sí mismo con mayor estabilidad es más templado. La naturaleza persiste en su maquinaria y permanece impasible ante sus tristes, a los cuales destierra a una vida de medicamentos y de encierro.

Ahora, sin embargo, cuando el confinamiento es general, la locura echa raíces hasta convertirse en lo lógico. A medida que más pantallas de ordenador iluminan la oscuridad de la noche, la soledad acompaña a la mayoría.

Sabedor de esta esencia íntima del dolor, en The Hater vemos un cine de fin de época muy diferente a los demás.

Aunque se recupera ese elemento de clase cada vez más habitual en el cine comercial –Parásitos (2019) o Shoplifters (2018)– hay poca o ninguna idealización al fin del capitalismo. Komasa –quizá por haber nacido en el primer país en transitar voluntariamente del comunismo a la democracia– sabe lo inválido del esquema del limpio trabajador oprimido por el malvado empresario; antes prefiere preguntarse el porqué de la amargura en el corazón de ambos.

Junto a este enfoque tan cristiano del asunto, existen otros elementos que permiten pensar que esta improvisada colaboración entre el cine polaco y Netflix puede suscitar algún tipo de grieta en esta última plataforma, que tan acostumbrados nos tiene al seguimiento de la agenda del progresismo adinerado.

En The Hater vemos un análisis de las élites europeas como pocas veces se nos muestra en la gran pantalla.

Los padres, al lado de sus vinos afrancesados, sus lofts de lujo y sus sibaríticas piezas de violín, comparten una vaga y muy pobre idea de liberalismo, socialismo y tonto europeísmo para con una sociedad cuyo olor en el metro no soportan.

La película recuerda la manera tan sagaz en que tanto Tólstoi como Dostoyevski parodiaban una caduca aristocracia rusa, que pregonaba el socialismo utópico en los escritos de la noche, mientras practicaba el feudalismo zarista a plena luz del día.

En el contexto polaco, la paradoja es especialmente dolorosa, en tanto que el dinero “pijoprogre” de los padres proviene del colaboracionismo de los abuelos con un aparato represor estalinista, radicalización del “bienintencionado” socialismo de los bisabuelos.



 

Con los hijos… Con los hijos ya es otra historia.

No estamos hablando solamente de esos privilegiados que van con el número del abogado de papá escrito en el brazo.

Tampoco hablamos de esos chavales que malgastan el dinero de sus familias en estudios que no les interesan y que nunca han prometido terminar.

No todos alquilan apartamentos caros en el centro para luego robarle la maría a los compas del piso.

No todos son pulgares arriba para el directo, preparando la última receta con queso veggie y gluten free.

No todos los días se ejercitan los glúteos delante de Instagram.

Es en el alma de los jóvenes donde el filme deja ver su lado más amargo. Reflexionando sobre el influjo de Internet y la fugacidad de las redes sociales en esa carrera por la conquista de las aspiraciones, The Hater nos dice que a medida que alcanzamos más fácil los deseos, más difícil se vuelve desear.

El final de la Unión Europea será transmitido por Netflix. También ella se hará eco de que, quizá más pronto que tarde, la Oda a la Alegría será devorada por el odio de sus fantasmas.

En ese himno beethoveniano hay tanto de prerromanticismo que resulta imposible sentir alegría antes que una brisa similar a la del vértigo premonitorio.

Demasiada historia a las espaldas de esta península cristiana de Eurasia.

TRÁILER: https://www.youtube.com/watch?v=wpTrCQGLu4o

 



 

jueves, 27 de agosto de 2020

«She Dies Tomorrow» (2020): terror optimista y terror pesimista

Ha habido poco tiempo para pensar en cine este año.

Con festivales cinematográficos suspendidos mundialmente y un hundimiento billonario de la industria, el 2020 en sí mismo ha sido una película. De la pantalla que lo proyectaba todos hemos querido apartar la mirada en algún momento.

Algo parecido ocurre con She Dies Tomorrow (Amy Seimetz): lo último en el cine de terror.

En medio de estos tiempos, la cinta de Seimetz ha tenido el privilegio de ver la luz entre tantísimos proyectos abortados, fue estrenada hace tan solo dos semanas.

El resultado ha sido, sin embargo, el aborto en sí mismo.

Ruego que no se me malinterprete: la película no es mala, sino que es algo similar a la definición de un tan doloroso proceso en todos los sentidos. Pocos filmes albergan dentro de sí una posición tan antinatalista.

Pero el cáncer del pesimismo en el arte no es nuevo. Desde los textos de Teognis hasta los tragos de Bukowski, pasando por eso que llamamos Francia, muchos han sido los yonquis que se han drogado con esta actitud. Se convencían de esta manera de estar dando lugar a la combinación perfecta entre belleza y esterilidad.

¿Así que por qué hablamos hoy de She Dies Tomorrow?



Lo hacemos porque, desgraciadamente, pocas películas han estado tan a la altura de nuestros días. Veámoslo.

Amy, una joven en medio de sus treinta, se levanta una mañana con el convencimiento de que morirá al día siguiente.

“I am going to die tomorrow”.

Aterrada, recurre a sus seres queridos, queriendo pasar con ellos lo que entiende que son sus últimos momentos con vida.

“I am going to die tomorrow”.

Estos consideran inicialmente que se trata de un episodio de ansiedad, pero pronto descubren que padece de una muy contagiosa enfermedad que conduce a sufrir del mismo pensamiento a todos los que se le acercan.

“I am going to die tomorrow”.

El factor epidémico en la historia permite, sin duda, una fácil identificación con una actualidad que hacía mucho que no estaba así de triste. La razón de la amargura no es ya el propio mundo como tal, sino la escasa capacidad de sus protagonistas para imaginar uno diferente.

La pandemia de COVID-19 no ha sido sino otro ejemplo más de un despertar de la negatividad en el mundo artístico en momentos de malestar colectivo.

La peste negra terminó con más de la mitad de la población de Europa. El silencio que expandió por las verdes praderas del continente fue elocuente. De entre todos los sepulcros, la Danza macabra. El Papa, el Emperador, el Obispo, el Sacristán y el Labrador danzaban todos juntos alrededor de la Muerte; todos ellos distintos ríos hacia el mar, que era el morir.


Cuadro de Las edades y la Muerte, de Hans Baldung


La gripe española de 1918, ayudada por las trincheras de una extensa guerra mundial, exterminó al 1% de la población planetaria. El desencantamiento del mundo fue tal que una muy convencida camarilla de vanguardistas abogó por expulsar para siempre al ser humano de la creación artística. La crítica a las luces de la Academia y la obsesión por la forma no fueron sino caballos de Troya de una deshumanización maldita y de un pesimismo militante.

¿Qué llevó a la diversa paleta de colores de la Impresión a convertirse en el envolvente negro de la Expresión? ¿Habrá sido acaso el rojo de la sangre?

A ninguno se nos escapa lo mucho que han cambiado las cosas entre 1348 y 2020. Lo que a veces no ha tenido tanta atención como merece es el cambio acontecido en nuestras pesadillas y, más aún, en el origen de estas.

El terror, tan antiguo como el miedo, es sin lugar a dudas uno de los géneros más complejos; maleable a la vez que profundo. Puede envejecer muy mal, y a veces llegar a confundirse con la comedia o el blockbuster. Pese a todo, entenderlo es sinónimo de entender a la sociedad. ¿Qué más humano pues que el temor y que el temblor?



En tiempos de Carlomagno, ciñéndose la oscuridad sobre la aldea y dado el toque de queda, el mal acecha en la noche. Una joven sale en mitad de una lóbrega sombra a buscar agua en el pozo.

De las chimeneas hace mucho que dejó de brotar humo y a lo lejos se sienten ya las voces de los ancestros. El reflejo metálico en la cruz de la capilla abraza el frío de la luna solitaria.

De entre los arbustos vislumbra algo entre un cerdo y un perro. El sonido de las hojas estima, sin embargo, la grandeza de esta criatura. Su carcajada la convence de su humanidad. Finalmente, los ojos enrojecidos se abalanzan contra ella. Cae al suelo.

De pronto, una cegadora luz quema las córneas del demonio. El fuego del Señor, cuya chispa brota de un corazón limpio, protegido por el crucifijo, espanta al engendro. La piel se le llena de callos; vuelve a la oscuridad.

Al terror le es contrapuesto el convencimiento de un alma pura, de un alma en paz. La confianza en la bondad de Dios no es sino la creencia en lo positivo del ser humano que recorre su recto camino: la confianza en uno mismo.

El miedo, una vez entendido como tentación, es transformado en ansiedad y luego en histeria. Revelado como un bicho con el rabo entre las piernas, pegarle una patada en el culo es cosa hasta de chiquillos.

¿Quién negará entonces el profundo carácter humanista del terror medieval?

¿Será posible que encontremos la llama más brillante de confianza y de amor entre lo más oscuro de la mal llamada Edad Oscura?

Para un terror amigo de la gloria, véase la obra Häxan, de Benjamin Christensen.


Fotograma de Häxan


Pero fuimos alejando a Dios de nuestras vidas.

A medida que, por culpa de Galileo, descubríamos que no éramos el centro del universo, el ser humano se convertía en un conjunto primero de células y luego de átomos. Meras piezas en un conjunto mucho mayor, vendido como descifrable, pero que nunca terminamos de comprender.

De esta forma comenzaron nuestros conflictos con la naturaleza, la ciencia y posteriormente con la tecnología (dando lugar a la ciencia ficción, que no dejó nunca de ser un subgénero de nuestro terror al futuro), esta vez sin el cobijo de la identidad personal. La obra Frankenstein, de Mary Shelley, y la bibliografía de H.G. Wells podrían ser ejemplos muy claros de esto.


Portada de Frankenstein, de Mary Shelley


Portada de Solaris, de Stanislaw Lem


La propia vida y muerte eran ya conceptos cuestionables. Mirar a través de un microscopio era ahora también mirar hacia dentro de uno mismo. El cristianismo agonizaba lentamente y el nihilismo se iba fortaleciendo; tener miedo iba cada vez menos unido a ser capaz de superar ese miedo. Las estructuras celulares formaron una mano ensangrentada.

El mazazo final lo dio probablemente Freud junto con el resto de maestros de la sospecha de la razón humana. Del subconsciente aparecieron los más profundos horrores, que no trajeron más que calamidades a la humanidad.

El alma, antiguo elemento conciliador del corazón asustado, luz de la templanza y reafirmación del yo, era ahora el problema.

Así llegamos hasta 2020 y hasta Amy Seimetz con su She Dies Tomorrow, cuando el ser humano se encuentra en el peor estado para enfrentarse al mundo a su alrededor, cuando menos capacidad posee para enfrentarse a sus propios miedos.

Pero, Amy, como hombre de mi época que soy, desconfío de los que están preparados para morir. ¡Y más aún si son ateos!

She Dies Tomorrow, obra artística cumbre que relaciona unívocamente la modernidad y la ideología de género con el terror pesimista, es tan solo un bache en el alma a ser superado. Ni siquiera es un cáncer como dije antes, sino más bien un quiste a ser extirpado.

¡El terror es movimiento! ¡El terror es dinamismo! ¡El terror es oportunidad!

El terror es libertad.

Y cuando llega la hora de la Danza de la Muerte, ¿puede alguien no sentirse más que arriba entre los pentagramas de Saint-Saëns?


¿No entiendes acaso, Amy, que el terror no es paralizante?

Cuando lo es no es terror, es cine para los muertos; es maldad. Y eso está tan visto que es aburrido.

TRÁILER: https://www.youtube.com/watch?v=NyIamGRvqAk


jueves, 30 de julio de 2020

«Nightcrawler»: la maldición de la imagen

Polifacética al punto. 

Moderada y recta. 

No es quizá la obra de David Lynch que algunos dicen haber visto, pero sí hay algo de un Scorsese atormentado. Un Taxi Driver que, antes de dejarse consumir por las miserias intestinas, pisa el acelerador y da el salto hacia la gloria. 

Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014) sepulta el sueño americano del esfuerzo, a la vez que destapa otras grandes páginas de vital importancia. Al hacerlo, un intenso foco puede llegar a cegarnos, casi literalmente. 

En la cinta, Jake Gyllenhaal interpreta brillantemente a Louis Bloom, un frío y calculador entrepreneur, que entre vacías frases motivacionales, planifica cada paso que conduzca a su realización profesional. Habiendo dado con un equipo de vídeo y después de conseguir una emisora de policía, descubre su verdadera pasión: merodear por las noches en busca de la más actualizada primicia criminal. En un Los Ángeles asediado por la inseguridad ciudadana, este cuestionable cometido lo catapultará. 

¿La clásica película de crítica a los medios de comunicación? 



Desde hace bastante sabemos por la bondad de la experiencia de la contraposición entre verdad y argumento periodístico. Términos como “relato” o “posverdad” se han perfilado como eufemismos para la mentira. Palabras que, bebedoras de la nietzscheana muerte de Dios –que es, en esencia, la muerte de la verdad–, han servido bien para engrasar la maquinaria de hacer dinero. 

Pero el conocimiento teórico es inofensivo. 

Pocos se han atrevido a dar materia y forma a estas frías imaginaciones. Son ya los menos los que se han dotado de carne y hueso para criticar este engranaje. El film está en esa minoría. 

En Nightcrawler vemos un sistema mediático que se beneficia estructuralmente del mal. Las agencias de noticias dedican a penas segundos a serenos debates de Estado y enteros reportajes a imágenes de alevosos crímenes. 


Pero la mirada del ojo que proyecta esto es aún más malévola. 

En pantalla solo vemos la punta del iceberg de todo lo que ocurre realmente. La violencia social y callejera de la malviviente periferia queda eclipsada por las violaciones, asesinatos o tiroteos de un white trash demente en un barrio de bien. Los calvarios de siempre no son noticia. 

¿El mensaje?: Nadie está a salvo. 

La población estadounidense desayuna, almuerza y come entre charcos de sangre de fondo. Ensimismada y temerosa, desea salir de donde está recurriendo a la ensoñación del sacrificio individual. 

Pero tiene miedo a poner un pie fuera de casa. 



Su cotidianidad, su día a día, su vida se ha convertido en una película de gángsters, en la que ellos están a penas de figurantes. 

¿Pero cómo? 

El secreto de esto también lo alberga el film. 



Una pista puede dárnoslo el brillo en los ojos del protagonista a la hora de filmar la muerte y el sufrimiento. Surgido de entre un contrachapado de ideología de gimnasio y ensueño cocainómano pre-recaída, apela a la superación de los objetivos y a la eficiencia de la persona(-empresa) para proseguir en su infame carrera. 

Pero la realidad es que Louis Bloom no es malo, así como tampoco es bueno. Ha trascendido estas categorías. Su comportamiento es el de un artista enloquecido que moverá cielo y tierra para dar con el lienzo adecuado. Su diagnóstico es el de envenenamiento por imagen. 

¿Pero cómo no iba a ser así? 

Si es que no hay arte más maldito en su simiente que el cine. 

En Diario de un seductor, el filósofo danés Kierkegaard planteaba que la música habría de ser el arte más pura. Su origen, una sucesión de sonidos que llegaban a la armonía al unirse, era la semilla artística más alejada de la vida en su expresión cotidiana. 

Así, el cine sería al contrario el arte más impuro y sucio de todos. 

A tan solo un Play está un fiel extracto de existencia. 

A la vida le había salido una competidora: la cámara de vídeo. 



Enfermo y maldito por la lente que había puesto frente a su ojo para ver, el mundo se convierte en un cuerpo plano de elementos potencialmente filmables para dar lugar a una preciosa magnum opus. 

Como un cangrejo, el personaje interpretado por Gyllenhaal camina hacia atrás, pero sosteniendo un gran espejo que le permita ver qué hay. Para él, las cosas son reales solo una vez proyectadas. 

Si la vida es una obra de arte, entonces no hay ni bien ni mal, solo belleza y fealdad. 

Las personas, a pesar de todo, no se convierten en sus personajes activos, sino en sus pasivos espectadores, arrastrados por un distante sino como lombrices de tierra –night crawler, en el inglés original–. 

A través de un nauseabundo amarillismo y un auténtico bombardeo mediático de imágenes en movimiento, la vida se transforma en obra. 


Es una comedia cuando ves un vídeo de rusos tomándose un chupito de vodka con un oso polar. Es tragicomedia cuando ves un discurso de Trump tras el centenar de miles de muertos por COVID-19 en EEUU. Es terror cuando escuchas de un tiroteo en una secundaria por parte de un chaval al que hacían bullying. Es una película, y lo peor de las películas es que el público no se levanta de su asiento hasta que haya terminado. 

viernes, 29 de mayo de 2020

¡Feliz fin del mundo!

A principios de este año salía mi artículo Cine nazi para la nueva década. En él, partiendo de la filmografía de Leni Riefenstahl y de la música de Wagner, analizaba tímidamente cómo las diferentes alt-rights asimilaban los sentimientos de voluntad popular –desaforados y con deseos de romper con todo– en su camino hacia el poder. En el decenio 2020, pronosticaba, los nacionalismos seguirían creciendo vertiginosamente y terminarían de colocar los clavos de un nuevo consenso neoliberal total en un mundo ya multipolar.

El coronavirus lo cambió todo. 

Hoy volví a ver 100 Dinge (100 cosas en español), comedia dirigida y protagonizada por Florian David Fitz. El éxito de esta obra fue tal, que se convirtió en la película más taquillera en Alemania del año 2018. Por supuesto, ninguno nos enteramos de esto. 



Sin embargo, la gracia del asunto comienza aquí mismo, y es que a lo que los alemanes llaman “comedia” es lo que el resto del mundo vendríamos a catalogar como un drama medio, incluso tirando a intensito. 

No es la primera vez que los nórdicos nos hacen gracia por intentar ser graciosos. 

Yo, fan confeso de The Office, recuerdo haberme sentido hasta ilusionado cuando descubrí que Lars von Trier había apostado por sacar su propia versión de esta serie con El jefe de todo esto (2006). El entusiasmo terminó cuando le di al play. 

“Hola, queridos espectadores, soy Lars von Trier y esto es una comedia. Ocurre tan solo una cosa: no hace gracia. ¿Por qué? Porque yo no soy un puto director de comedias. Sin embargo, como la tengo tan grande, voy a suplir esto rompiendo continuamente la cuarta pared, haciendo referencia a la literatura nórdica (es por si no saben que yo he leído mucho) y también a la sordidez del cine Dogma, que inventé yo mismo por cierto. Que la disfruten.” 



Pobre Lars, de verdad... Necesita ayuda. 

Pero dejemos a un lado la difícil relación entre la risa y el norte de Europa, y regresemos al filme de hoy. 

Si bien es cierto que 100 cosas no destaca especialmente por ser graciosa, la razón por la que merece una crítica es ser de esas películas que marcan un fin de época. 

Paul y Toni, dos brillantes informáticos, consiguen desarrollar una aplicación que lee y monitoriza los sentimientos de sus usuarios con tal de proporcionarles un servicio aún más personalizado. Babeando ante el invento, Facebook les ofrece un contrato millonario para hacerse con la distribución. Inicialmente alegres por el éxito, el remordimiento pronto hará mella en los protagonistas. Empiezan a preocuparse no solo por el efecto que tendrá la app en la dura lógica del consumismo, sino también por cómo afectará esta a la felicidad de las personas del futuro. En medio de un arrebato ascético, ambos deciden embarcarse en una apuesta, por la cual renunciarán a todas sus posesiones a lo largo de cien días, recuperando solo una cada día. 

Dentro del contexto alemán, la cinta está llena de simbolismos. Contraponiendo la miseria material de los abuelos en la dura posguerra y la miseria moral de los padres en la gris RDA, surge la pregunta de por dónde se escabulle la alegría de los hijos de lo que, hasta hace muy poquito, llamábamos el presente. 



En su cuento Deutsches Requiem, Borges ya hablaba de Alemania como nación ecuménica, en cuya historia se reflejaban las de todas las demás naciones. Es por ello que no sorprende que una brillante crítica al capitalismo tardío como esta se dé en el motor económico de Europa. 

Después de comprar unas zapatillas nuevas por Amazon, irse de techno-clubbing cerca de las ruinas del muro de Berlín y una vez apartada la vista del móvil, el agujero permanece en el alma de unos jóvenes posmodernos con 10.000 posesiones de media. Anhelan una respuesta a la duda que los consume por tanto consumir: ¿qué le falta a una generación que lo tiene todo? 

La juventud occidental, que ya veía el futuro con ojos de desesperanza incluso antes del abismo de la actualidad, termina de desengañarse. Con más capacidad para imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo y nacidos del sistema, miran cara a cara a este y sufren. 

Pero mucho más allá de cuestiones sociopolíticas, la película se convierte en una verdadera odisea en busca del significado de esa fuerza primera, motora de la existencia: la felicidad. 

A medida que avanza el experimento y los protagonistas renuncian a los bienes materiales, se dan cuenta de la lógica enfermiza que ha estado moviendo su bienestar. La percepción es la de un hámster atrapado en una rueda que gira y gira, con deseos de comprar siempre el siguiente producto que vaya a traerles la dicha. 

Nunca se había tratado de la felicidad, sino de su promesa eterna. No eran ellos quienes habían estado al mando, sino sus deseos. 

Ante este panorama introspectivo, y casi sin quererlo, ambos destapan el egregio debate sobre si la felicidad es un eterno buscar algo, o si no tratará también de disfrutarlo al haberlo encontrado. 


La conquista de la grandeza, según un bíblico Nietzsche en Así habló Zaratustra, era una tarea para aquellos capaces de escalar una eterna hilera de cordilleras. Habría que ascender y ascender, dejando atrás a aquellos que intentasen convencernos de no ir más allá de las nubes. No obstante, aunque a escondidas, Zaratustra no pudo evitar llorar amargamente cuando uno de sus discípulos le recordó que si la fila de montañas era infinita, también lo eran entonces las laderas cuesta abajo. 

Sin embargo, la respuesta estaba en nuestro bolsillo. 

En ese artefacto rectangular, que oscila del blanco al negro, se encuentra la felicidad estática. En sus líneas rectas no hay ascenso ni descenso alguno que pueda turbarnos al recibir nuestra dosis de soma. Nos conoce mejor que nadie y nos hace sentir la persona más completa en un mundo de seres a medio hacer. Con la firmeza del sonámbulo, en su compañía avanzamos a ese temido momento en el que no solamente no podremos decir que no, sino que no querremos decir que no. 

Vaya comedia, ¿eh? 

Y solamente íbamos por la juventud... 

Para la generación de nuestros padres la disyuntiva es similar. Observan a unos jóvenes distraídos y atontados por sus comodidades, aislados en sus móviles. No los comprenden, y tampoco estos los comprenden a ellos. Contemplan abrumados un mundo en constante cambio (valga el oxímoron) y que les exige continuas reinvenciones. Arriba y abajo en las laderas, han olvidado quiénes son y no quieren eso. Sienten miedo hacia un futuro que no les da ninguna seguridad; sus fuerzas ya no son las que eran. 



En el contexto germano-oriental la desilusión se revuelve contra la Alemania de la reunificación. La acusan de haber traicionado a la generación que luchó por la libertad en el 89. Las recetas de Bonn fueron tan silenciosas como sangrantes: olvido. Algunos, antes de admitir para sí mismos que a lo mejor Marx no estaba tan equivocado, prefieren dar su voto a la extrema derecha. El fantasma de esta recorre la película. 

Por todas estas razones y más estamos ante un cine de canto de cisne. El film narra un mundo consciente de que no podrá mantenerse como está durante mucho más tiempo. Comparte con la cinta Parásitos una suerte de enfoque profético sobre la necesidad de pasar página en la historia, en tanto que arrojan tanta luz sobre cómo funciona el mundo en el que ya no vivimos. 

Como en el principio de incertidumbre de Heisenberg, cuando las cosas se ven con tan claramente es porque están a punto de irse. Así ha sucedido. 

Es evidente que ahora nos encontramos en un punto crítico de la montaña. Nos toca a nosotros movernos para saber si estamos en lo más bajo del valle con la ardua, pero a la vez hermosa, tarea de escalar hacia un nuevo cielo, o si, ya en la cima, hemos tocado techo como sociedad y hay que volver a descender a los infiernos. Lo bueno es que nos toca precisamente eso: movernos. En nuestro caminar queda decidir si todo lo anterior seguirá siendo parte de este nuevo mundo al que nos han lanzado de repente. 

Entre la felicidad estática y la felicidad dinámica, yo me quedo con aquella en que se saborean mejor las bocanadas del aire que se respira. Entre la felicidad del poseer y la felicidad del buscar, yo me quedo con el viento en el rostro. Sí, conozco la amargura de ambas. 



¿Pero y los abuelos? 

¿No nos estamos olvidando de ellos? 

Los abuelos son demasiado viejos ya como para dejarse seducir por la palabrería de un charlatán como yo. A la vez, son demasiado jóvenes para perder el optimismo. 

Consejo de una abuela de Alemania del Este, de estas que han peleado tanto con la vida que han salido nadando con la navaja en la boca y que se han quedado con la cara de Klaus Kinski con peluca: “La felicidad es como el agua. Quien solo se aferre a ella, se pasará la vida con los puños cerrados.” 

Sin embargo, una cosa sí que es cierta: el canto de otro mundo hacia otro mundo no nos queda tan lejano.